Snowboarding

7 de marzo. Suena la alarma a las 7 de la mañana. Es mi cumpleaños.

Empezando así, el día solo puede ir a mejor. Me gusta despertarme antes que el sol siempre que salgo de viaje. Desayunar de pie en la cocina, como si tuviera prisa, disfrutando del aroma del café (sobretodo cuando hay frío) y poder contemplar un buen amanecer desde el coche cuando no tienes que ir a trabajar.

Hacía 4 años más o menos que no subía a la montaña con la tabla. Nunca he sido muy buena a pesar del tiempo que llevo intentándolo y teníendo en cuanta la pausa tan larga durantes este tiempo, me puse nerviosa solo de pensarlo. Desde la noche anterior manejé ciertas estrategias con mi novio para salir del telesilla. Intenté recordar en que dirección giraba, cual era la dirección que yo debía tomar hacía la pista y cual era mi mejor opción. No sé si habéis tenido alguna vez la necesidad, cuando estás a punto de bajarte, de que te den la mano, pero le pegas manotadas para que te suelte en cuanto apoyas el primer pie y cuando estas apunto de caerte buscas desesperadamente otra vez esa mano; pues a mi me pasa siempre y como os decía: ¡Estaba nerviosita solo de pensarlo!

Pero parece que el snow es como montar en bici, puede que te cueste un poco arrancar pero no se olvida y eso tengo que agradecerlo. Mi peor “yo” ha salido algunas veces en la montaña subida a una tabla de snow y la verdad, no quería que se presentara el día de mi trigésimo cumpleaños estropeando la celebración que mi novio me había preparado. No era de recibo.

¡Bajé del telesilla sin complicaciones y también la primera pista! “Estoy hecha una fiera” pensé para mis adentros. Como os digo, nunca he sido muy buena a pesar del tiempo que llevo intentándolo, pero conseguí mantener encerrado al dragón y disfrutar de la montaña. Y de eso, sí puedo sentirme orgullosa.